A la capital del Estado de Oaxaca y del mismo nombre, llegamos tempranisimo, cerca de las 7 de la mañana, en viaje desde Cuautla, tierra de Don Emiliano. El vieje fue pesado: muchas vueltas, mucho movimiento, pero al final dimos con la ciudad patrimonio de la humanidad.
Oaxaca (o "guajaca", en mexicano básico) tiene encanto. Nos hospedamos en el barato Hotel Típico, calle 20 de noviembre Nro 612, frente al Mercado de 20 de Noviembre (el mercado de los platillos oaxaqueños), que junto al otro Mercado Benito Juarez (de frutas y productos básicos) hacen los dos principales merodeos de mundo en esta parte de la ciudad.
Estábamos a escasas 4 cuadras del Zocalo o "Plaza de la Constitución", como es realmente su nombre, parque central de una ciudad que mira sin desconfianza al turismo internacional, que llega en cantidad todo el año encantada con sus callecitas pequeñas y sus palacetes españoles, esos de patio, fuente y galerías, que los hay en cantidades avismales, por lo menos 3 o 4 por cuadra. Calle Alcala, plazuela de Lavastida (recuerda a Antonia Labastida, valerosa mujer que auxilio a Porfirio Diaz), y mas adelante el Templo de San Francisco de Guzman (1550), donde en sus frentes tomamos unos cafes para despertarnos de tanto color y sueño.
En el Paseo Juarez, que tiene infinidad de puestos ambulantes, comimos los tacos nuestros de cada dia, tras recorrer su Jardin Conzatti, su plaza pequeña, su calle Reforma, para perdernos, literalmente, por los confines de este patrimonio humano. A la noche fuimos a probar el primer mezcal del viaje, y me toco en gracias la ultima copa, la copa del gusano que dicen es alucinógeno. No se si lo fue, pero esta ciudad nos hizo soñar con lo mejor de la cultura "guajaqueña", sus calles tranquilas y de mundo, su calor que se hace amigo del frio que traiamos. Dos días de Oaxaca son ínfimos con esta ciudad, pero debimos tomar una buseta de camino de 6 horas y precipicios para llegar por fin de la playas del Pacifico mexicano, a Puerto Escondido, donde en un rapto de tiempo escribo estas lineas.
Ya estamos sobre la arena, sobre el agua verde del pacifico. Ya estamos en vacaciones. Es que este pueblo de pescadores detiene las horas de la tarde, tras el pargo gustoso que nos comimos, tras hospedarnos en el Hotel Casa Vieja, que tiene un aliado increíble: el sereno Angel, o "Angelito", como le decimos. Lo puede todo, hasta las cerraduras de reja que rompimos la primer noche, hasta las llegadas a cualquier hora de la madrugada, y sin historias.
Puerto Escondido tiene 5 playas: la Principal, la de Puerto Angelito (la que más me gusto), la de Carrizalillo, la de Manzanillo (tambien hermosa) y la de Zicatela (la más brava, de olas surfistas). Quiere, tal vez insolente, que nos quedemos aquí y no volvamos jamás, a la hora donde el sol cae, a las seis de la tarde. ¿Como hacerlo?, si San Cristóbal de las Casas nos llama con su tierra pintoresca y sus habitantes de ejemplo zapatista.
Si. Cambio de ruta otra vez. Cambio de planes. Vamos a Chiapas, tierra sureña e insurgente, de Lacandonas y Subcos. Pero igual, hay dias que no parecen tener fin. Este lunes de playa es uno de ellos. No se acuerde de otros tiempos, de ocios, de labores. Lo eterniza el sol que cae, lento, por la bahía. Como el idioma mágico del amor, que habla sin hablar, que hace imposibles con toques de piel. Indescifrables. Indescriptibles. Interminables de cortos, descriptibles, descrifrables. A pesar de ese mismo y propio idioma, incluso. Solo de piel.
Cielo celeste, mar perla. Arena blanca, gritos de horizonte de algunos pescadores que ofrecen sus exquisiteses de pargo, de dorado, de sierra, que nuestra ya propio restaurant "Pascale" nos ofrece cada noche, frente a las mansas, entre los barcos anclados a metros de la entrada del agua. Un cuervo se acerca amistoso, un perro flaco y blanco la auyenta. Mi nuevo amigo se hecha aqui, a buscar sombra del sol del pacifico sur, abrasador, por momentos, acariciado, por otros. Ya somos compinches con el perro, cuando unas turistas francesas lo quieren lejos y yo le doy refugia bajo mis pies, en la sombrilla, cual solidaridad doble, de animales, de latinoamericanos. Se va un ato despues, pero me deja una mirada complice, que correspondo.
Acabo mi libro sobre Zapata, y el que traje de Argentina sobre la biografía de Hemingway. Ya la tarde pide limonada, sabrosa, grande. Ya los cuervos son más. Ya nos queda cinco y cuarenta. Saber que estoy perdiendo la tarde, que no se puede regresar. Por el ahora. Por el segundo que cae. Ya nos vamos, pero este poblado de amigos sin duda se extrañara. Fue, después de todo, descanso de quietud de playa, de palmeras penpendiculares a la playa que casi se posan en las aguas, de gaviotas que recorren lo ultimo de la caída de la tarde. De cinco luces que se prenden en el alma. Cinco soles, y el sol violeta y nube del horizonte. De pescados a toda hora y a toda preparación. De vino sudafricano. De gracias por comenzar, sin duda, los descansos de vacaciones. En el escondido sitio de esta parte del mundo, detenida. A las 6.30 de la tarde nos esperan 12 horas hasta San Cristóbal, que ya extrañan la playa apacible del pacifico y verde de este país.
hola Emi!
ResponderEliminardesde mi escritorio en Berlin te sigo buscando inspiracion en los rincones de tu blog.
un beso y adel con los faroles!
pau
Que hermoso relato, cierro los ojos y me imagino como debe ser, tus palabras lo dicen todo, es uno de nuestros sueños conocer Puerto Escondido , espero que pronto lo hagamos realidad.
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