jueves, 22 de diciembre de 2005

Cuando todo Santa Clara

“Cuando escriban la historia los buenos,
al final vencedores,
se sabrá que no usamos veneno,
como aroma de flores”

Tengo ganas de hablar con la misma exactitud que no tienen sus calles, con la misma espera que jamás allí se encuentra. Pero es imposible. Y tal vez por ello. Candentes se hacen sus aromas y sus haciendas, ciudad de cultura y riqueza, ciudad sin mapas ni acertijos. Santa que no lo es, clara que no deja verse, así se nos apareció, de un sopetón, la segunda de las heroicas ciudades, tal vez el desnivel moderno que desencadeno las transformaciones.

Allí donde el Parque Leoncio Vidal es caminata ineludible, donde sus accesos motorizados están prohibidos en sus cuatro aceras circundantes. Ese mismo que en algún momento cobró el derecho a sentarse las sillas y sillones de metal entre cinco y diez centavos, y contenía dos paseos, uno para blancos y otro para negros, símbolo de la discriminación racial imperante. Ese mismo que tras el triunfo revolucionario dejó su pasado oscuro. Ese mismo que se topa hoy la carretera central, haciéndose calle lateral.

miércoles, 21 de diciembre de 2005

Los Cayos

Resplandor de luces a la hora donde el descanso no tiene fin. Sin saberlo, allí se hallaban los dos amigos de Acapulco, un año después, cumpliendo la promesa de la isla, saciando de sed sus corazones.
Era todo lo que la naturaleza podía brindarles, la sal del Caribe impregnó sus cuerpos mezclándose con el placer más sublime de la tierra, el de descansar la vista en el turquesa del mar, mezcla de topacio y los celestes más hermosos que pueda el ojo humano imaginar. Música suave de marea y grabador, sonido tenue de son que adormecía por la maravillosidad del encuentro de los jóvenes y la brisa blanda que venía del norte.

Manolin

De motivos de son





Relato en los Cayos

“Y un insolente sol,
como un ladrón entró,
por la ventana.”


Las provincias de Camagüey, Ciego de Avila y Santa Clara, además de sus bellezas innatas, se reparten unos mil seiscientos cayos que conforman una especie de archipiélago perpendicular a la geografía de la isla, sobre el atlántico. Las islas de la Isla, esos escasos y deshabitados lugares, robaban los rasgones de las pérdidas y los años a cualquiera que quisiera visitarlas, y dejarse llevar por ellas. Es que los cayos de esa parte de la tierra tienen, y en esa afirmación apostamos algunos de ellos, el atardecer más naranja del mundo.
El cayo al cual nos dirigíamos debía su nombre no al exquisito producto de la palmera, que los había en cantidades abismales, sino a una especie autóctona de pájaro, el “cocó”, que recibe aún hoy a las esporádicas visitas humanas junto a otros tan raros como los pecheros, los juanviviés o los sinsontillos, y que conforman casi el ochenta por ciento de la superficie del Cayo Coco, declarado por la República Parque Natural, junto con la vegetación nativa y virgen.

martes, 20 de diciembre de 2005

Camagueyando

“No puedo ir a Camaguey sin repasarlo,
como una remota lección que no quiero olvidar”
Nicolás Guillén

Camagüey es la provincia de mayor extensión territorial de la Isla, con una geografía prácticamente llana y una sincera vocación por la ganadería vacuna, aunque no sea de gran condición. La ciudad capital, del mismo nombre, fue fundada hacia 1515, aunque los españoles la bautizaron en ese entonces como “Santa María del Puerto del Príncipe”. El nombre que primó a la postre desde 1903, con el que se identifica la provincia y su ciudad capital, fue el actual que le dieron los aborígenes.
Primeramente hay que mencionar que Camagüey dio vida al poeta nacional de Cuba, y con ese dato casi fresco e imprevisto, comenzó por sernos intima, y morena, como Nicolás, el gran Guillen. También hay que decir que aquí la cerveza lleva el nombre de un río, el Tinima, que identifica a la ciudad junto al otro que también la atraviesa, el Hatibonico. Viniendo de Santa Lucia, de las playas de esa Provincia, toda la luminosidad de sus iglesias exhaustas, repetidas, significó un encuentro de ayer con la religiosidad gloriosa de un pueblo y el colonialismo. Fruto e identificación sincera con su pasado, y “Cuna del Mayor”, por haber nacido allí el relevante patriota cubano (el Mayor General) Ignacio Agramonte y Loynaz, ese héroe inflexible que joven había logrado impregnarle a los cubanos todos el grito de “Independencia o Muerte”.

Habaneando

La Habana se ve esbelta de tanta luz tenue. Cambia de caras a cada vuelta de esquina, a cada abrir y cerrar de párpados, como quien dice en versos majezas de perfiles y siluetas. Da más claridad al ojo oscuro que al cristalino, aunque este a veces no la desprecia cantidad. Y es que su forma principal la hace reina de la colonia y esclava del siglo por venir, arrollando, embrujando, y paseando por sus calles las dificultades del socialismo real. Sin embargo, sin saber qué inexplicable cable de conexión arropa a sus habitantes, la vida continua con la calma de todos los días, invariable, como el agua raspando al Malecón.
¿Piensa tal vez La Habana en ser la conductora de la obra o sólo impone el equilibrio necesario en todas las cosas de la vida respecto al revolucionario Oriente? ¿Tumban sus estrellas y calles de zanjas turbias y tenues a las posibilidades de acentuar la construcción o es el mejor y más inconcebible paragolpes de los recursos inmensos que provenían de los huracanes y los fondos dinerarios?. En esta Cuba, ni esta aquí, ni esta allá. Apenas esta en contra. Apenas se oye un rumor de las criticas, valerosas muchas, sin sustento otras, pero que hacen balancear al Oriente en punto medio.
Balanza expectante pero que hace pararnos al menor contacto de unos ojos negros que nos interrogan, en plena acera y mediodía, lo mismo que al vecino de frente, de años. Dudando sí contamina el jineterismo, dudando si lleva consigo fragancias de cupido, y sabiendo mejor que nadie que para muchas muchachas habaneras, el irse de allí, tal vez, y solo tal vez, habré puertas, cubre intereses, y saborea placeres.
Viéndonos como a otros extranjeros de la ciudad, se nos trata así, sobre todo en las barriadas periféricas que no entienden ellos como el Vedado o Habana Vieja; semidioses de posibilidades, presuntos arquetipos del dinero, la plática y la apostura. Extraño un poco Holguín un día como hoy.
La Habana, Cuba, febrero de 2000.

lunes, 19 de diciembre de 2005

Canción mansa para un pueblo bravo

Descubrimos a Ali Primera sin saberlo. De casualidad. Con la naturalidad de su voz grave y su Venezuela bolivariana "meessma", por las calles innotas de la obra en construcción que vemos aqui. Y con esperanza indescriptible, cuando su vos hace himno chavista su "Canta canta, compañero". Porque, despues de todo, en esta República Bolivariana, "hay semerucos allá en el cerro, y un canto hermoso para cantar". Gracias Ali. Cantor del pueblo.

domingo, 11 de diciembre de 2005

Universidad

Vaivén lento el de las hojas de los árboles, por sobre las cabezas. Silencio de ruido, de concentración, de aulas y debates, de Universidad. Caminatas eternas del alumnado, parte misma del desarrollo superior y educativo, cual insita propiedad del modelo, necesidad de prolongarse en las personas más cercanas.
Cielo abierto, vista del todo, lejana, y a la vez, cercana, cotidiana. Vista de nosotros, conocidos del voces y del acento, famosos del sur de América, ya familiarizados con el paisaje, y entre la gente.
Divisarnos es a veces todo un espectáculo. Mariano y yo al fútbol en el patio central de la Universidad, cualquier miércoles de nuestra estancia, con el equipo de la Casa de Estudios y algunos ingenieros del Cad-Cam, y la mirada del resto de la vida universitaria.