“Cuando escriban la historia los buenos,
al final vencedores,
se sabrá que no usamos veneno,
como aroma de flores”
Tengo ganas de hablar con la misma exactitud que no tienen sus calles, con la misma espera que jamás allí se encuentra. Pero es imposible. Y tal vez por ello. Candentes se hacen sus aromas y sus haciendas, ciudad de cultura y riqueza, ciudad sin mapas ni acertijos. Santa que no lo es, clara que no deja verse, así se nos apareció, de un sopetón, la segunda de las heroicas ciudades, tal vez el desnivel moderno que desencadeno las transformaciones.
Allí donde el Parque Leoncio Vidal es caminata ineludible, donde sus accesos motorizados están prohibidos en sus cuatro aceras circundantes. Ese mismo que en algún momento cobró el derecho a sentarse las sillas y sillones de metal entre cinco y diez centavos, y contenía dos paseos, uno para blancos y otro para negros, símbolo de la discriminación racial imperante. Ese mismo que tras el triunfo revolucionario dejó su pasado oscuro. Ese mismo que se topa hoy la carretera central, haciéndose calle lateral.