viernes, 19 de agosto de 2005

Norberto y Holguin II

Detenido en el espacio y el tiempo, el oriente tal vez me fue más Cuba que la propia Isla. Tal vez nunca sabré su conocí la Isla, o en verdad conocí a Holguín. Pero en ese tren que partía cada mañana del Hotelito y recorría los parques para sentirme en casa, la prosa de sus calles hacia perder el control de vidas pasadas, de los recuerdos, hasta del caminar rioplatense.
Los cielos holguineros nos hicieron crecer en sus regazos. Escuela de vida, sana como su salud de policlinico, mi argentinidad depositó sus creencias más sinceras en las cercanías del Valle de Mayabe, y no la dejaron irse jamas.
Sus soles cambiantes de la mañana y la tarde fueron la ola que los hizo tener la confianza en los holguineros. Mambises, rebeldes y de victorias. En cada parqueadero de bicicletas. En cada sonido de son.

jueves, 18 de agosto de 2005

Gysella

"El amor surge de dejarlo: surge".
Jose Martí

Iluminó el turquesa el negro de sus ojos.
Así, sin preguntar, sin quererlo,
perteneció a mis delicadezas.
Señora y doncella.
Demasiada luz.

Nació con el oriente,
con el hablar cantado.
Y sin desearme el mal,
más lo contrario,
me condenó a sus besos.
Demasiada miniatura.
Demasiado ojala.

miércoles, 10 de agosto de 2005

Norberto y Holguin

“Uno es tan grande como el enemigo que elige,
y tan pequeño como el miedo que siente al enfrentarlo”.

Yo conocí a Norberto. El guardia nocturno del Hotelito de Holguín. El que había peleado con el Che. Nuestros mundos eran distintos, pero con esa diferencia que se complementa lo mismo que sana. A veces se nos derribaban esas distinciones, como metiéndonos cuñas a los cansancios, como un garuar tenue en una tarde perdida. Así de simple. Así de lumbres.
Las casonas pequeñas, descuajadas, nos rodeaban en un abrazo tibio. Nuestras miradas enroscaban los cables de las calles, atándonos al lugar, haciéndonos presas de futuros. Un día con el guardia salía tan caro a los afectos que valían por tres, cuatro, un sinfín de luz y calor.