Detenido en el espacio y el tiempo, el oriente tal vez me fue más Cuba que la propia Isla. Tal vez nunca sabré su conocí la Isla, o en verdad conocí a Holguín. Pero en ese tren que partía cada mañana del Hotelito y recorría los parques para sentirme en casa, la prosa de sus calles hacia perder el control de vidas pasadas, de los recuerdos, hasta del caminar rioplatense.
Los cielos holguineros nos hicieron crecer en sus regazos. Escuela de vida, sana como su salud de policlinico, mi argentinidad depositó sus creencias más sinceras en las cercanías del Valle de Mayabe, y no la dejaron irse jamas.
Sus soles cambiantes de la mañana y la tarde fueron la ola que los hizo tener la confianza en los holguineros. Mambises, rebeldes y de victorias. En cada parqueadero de bicicletas. En cada sonido de son.