El camino de 5 horas al mediodía del Tayrona fue sofocante, lo mismo que hermoso cuando en algunos momentos del mismo se podía ver claros de montañas verdes, cielo azul y sonidos indescifrables. Nos dejó atontados de cansancio y traspiración el subir y bajar cerros, rocas y vegetación abundante hasta que dimos con Calabazos, el pueblo de diez casas que comunicaba la selva con la ruta a Santa Marta. Nos tomamos dos aguas y paramos la buseta que nos devolvió a la civilización, previo quedarnos dormidos del cansancio y gracias a un pasajero que nos despertó justo, ya que el bus tenía destino final Barranquilla.
Volvimos al "Olas Marinas" del Rodadero y esa noche, tras el baño sagrado de tres días de selva sin aseo, fue la única noche del viaje que nos fuimos a dormir temprano: estábamos fielmente fusilados de autentica odisea de selva y caminatas. Además, a la mañana partimos para "Playa Blanca", otra Playa Blanca, previa lancha de 5 minutos, con el azul del mar de nuevo enfrente y con el cansancio recuperándose al sol. Luego vino la recorrido rapida pero hermosa del casco viejo de Santa Marta y su "Camellon" (malecon) de Caribe, de empedrado y callejuela escasa de distancia y pueblo.A la noche hicimos nuestra última noche de rumba en El Rodadero, con Margarita y Teresa recién llegadas de Barranquilla. A la salida del sitio me lleve un susto de novela: un auto se dispuso a disparar al aire, sacando por la ventanilla su revolver y mi aliento de cercanía (por suerte no paso nada de nada).






